lunes, 7 de diciembre de 2015

Punta de Lobos

Llevaba tiempo dándole vueltas a la opción de volver a Punta de Lobos. Ya ha pasado un año desde nuestra llegada a Chile, y fue al poco de llegar, cuando fuimos a pasar un fin de semana allí. Desde entonces, siempre he querido volver, pero por diversas circunstancias, nunca se había dado la oportunidad.
El jueves todavía tenía mis dudas, dado que el parte no me convencía mucho, sobre todo por el viento. Aprovechando que tenía que hablar con Raúl por trabajo, le pregunté por su opinión acerca del parte. Swell de 3 metros, periodo entre 9 y 13 y viento bastante fuerte del sur, sobre todo por el día... su respuesta fue muy clara: Vete!! Él ya había estado un par de veces allá y como todos los consejos que me ha dado siempre han sido buenos, no lo dudé y reservé la cabaña en la que estuvo él y la misma en la que estuve yo. 



Por otro lado, llevaba varias semanas mirando por diferentes tiendas de surf en Santiago tablas que me pudieran ir mejor para este tipo de olas, ya que las que tengo aquí no me convencían del todo. Al final, tras mucho buscar, encontré una tienda donde había un modelo que se ajustaba mucho a mis gustos, y además se tomaron el black friday en serio, me rebajaron la tabla de 290 mil pesos a 200 mil, con lo que se quedó en unos 260 euros... no me dejaron otra opción que comprarla...


Así que el viernes salí a la hora de comer hacia Punta de Lobos, donde me costó llegar algo más de 3 horas. Salir de Santiago es algo que todavía no llevo bien, acostumbrado a salir y entrar a Pamplona en 5 minutos. 
Tras descargar el equipaje, ví que las olas eran muy apetecibles, y no me lo pensé mucho para entrar. No quería perder mucho tiempo para que no anocheciera, aunque era consciente de que yo iba a entrar desde abajo, y no lo más cercano a la punta, por donde intuía que entraba más gente, aunque no lo sabía con seguridad.


Antes de entrar, tras observar el mar durante unos minutos, me di cuenta de que había bastante corriente y que el baño no iba a ser tan placentero como me gustaría, pero no estábamos ahí para escatimar esfuerzos. Salvé la zona de rompiente sin mucha dificultad con un par de patos, pero en seguida me di cuenta que la corriente me llevaba fuera de la ola, así que iba a tocar remar... 
Y así estuve durante más de media hora, poco a poco recortando metros y subiendo cada vez más cerca de la punta, pero poco a poco acusando el esfuerzo. En cuanto intentaba descansar un par de minutos, me alejaba a toda velocidad del pico. 




Tras cerca de una hora remando sin prisa y con poca pausa, decidí que ya había subido suficiente. No estaba en la misma punta, pero solo nos separaba una sección, así que sólo tenía que esperar mi momento. Lo bueno de Punta de Lobos, es que aunque haya mucha gente no vas a tener más de 3 o 4 en el mismo sitio, por lo larga que es la ola y todas las secciones que tiene. Y ese día, porque casi todo el mundo estaba remontando buscando lo mismo que encontré yo tras tanto rato y esfuerzo.
Las series venían preciosas, con mucha masa de agua y de un tamaño de metro y medio aproximadamente. La primera serie que se presentó no lo dudé y me fui a por ella. La tabla entra fácil a la ola y se adelantaba a su ritmo, por lo que pude salir a la pared y entrar a la ola un par de veces, subir y bajar constantemente y disfrutar durante una sección larguísima. Al terminar la ola, ese grito de satisfacción que se dan pocas veces tras una ola, y que te recuerdan lo genial que es surfear. El baño ya había merecido la pena. No sé cuantos metros habían sido, muchos seguro, pero al darme la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja, y ver que estaba tan lejos que no llegaría otra vez al pico, decidí quedarme en la última sección y no forzar la máquina, al fin y al cabo, el fin de semana no había hecho más que empezar. Me quedé disfrutando de la puesta de sol en la sección de abajo, donde pillé un par de olas más. Para mí, siempre es algo especial poder surfear durante la puesta de sol.


A la mañana siguiente, los primeros rayos de luz entraron por la ventana avisándome que el mar estaba dispuesto a darme otro gran regalo. Desayuné frente al mar, viendo cómo los primeros en entrar al agua seguían teniendo problemas con la corriente. El buen recuerdo del día anterior todavía estaba en mi cabeza, pero cuando cogí la tabla y me disponía a entrar de nuevo, sólo de pensar la remada que tenía hasta el pico, un sentimiento de pereza me envolvió. Justo cuando ponía los pies en el agua, salía un cámara carcaza en mano y me preguntó si iba a entrar por ahí, que había mucha corriente. Al decirle que sí, me dijo que él se salía para entrar desde más arriba y que le siguiera. A mí se me abrió una ventana de esperanza y le seguí sin pensarlo. Me enseñó una entrada que no tiene ningún peligro, que estaba 50 metros más arriba, y que si quería seguirle, él se iba a lanzar de una roca que hay cerca del peñón. Como a mí eso me sonó un poco arriesgado, preferí la entrada segura.
Así que esa mañana fue un calco del día anterior, pero ahorrándome una remada de una hora, con lo que multipliqué el numero de olas y de felicidad. Eso sí, la corriente seguía siendo infernal y al final del baño, el codo me decía basta a gritos, por lo que me tomé el resto del día para disfrutar de las vistas frente al mar, la comida y la tranquilidad del lugar. 




Una de las cosas que hice durante el sábado por la tarde fue ver por dónde entraba la gente. Había algunos de ellos que bajaban el acantilado y saltaban entre el acantilado y el peñón, para luego volver a subirse al peñón y lanzarse directamente a la sección más exterior de la ola. A mí me parecía un poco arriesgado, sobre todo porque no veía el último paso en el cual se lanzaban desde el peñón. Aun así, unos metros antes, sí que vi que varios entraban bajando el acantilado y saltando desde una roca, la misma que supongo usaba el fotógrafo que me encontré a la mañana. Esa entrada me pareció factible, y es la que decidí usar para el domingo.

El domingo el swell seguía constante, con olas tan buenas como los días anteriores y con lo que tiene este lugar tan especial, que aunque el viento sopla, el mismo acantilado lo protege y las olas se mantienen en perfecto estado. 
Me fui directo al acantilado, bajé y llegué a la roca, donde esperé a que el mar estuviera un poco calmado para saltar y encontrarme directamente en el pico de afuera. Allí, solo tuve que mantenerme unos pocos minutos contra corriente, para ver dónde era mejor colocarse y volver a esperar una de esas olas que te llevan durante unos 50 o 100 metros dándote la felicidad absoluta. 
Fueron un par de olas más, las que la corriente peleona y mi codo me permitieron coger, pero no evitaron que me fuera feliz de haber surfeado unas olas larguísimas y de haber disfrutado de ese lugar mágico llamado Punta de Lobos. Seguro que más pronto que tarde nos volvemos a encontrar. 



martes, 1 de diciembre de 2015

De Cantábrico a Pacífico en menos de una semana

A veces, por circunstancias de la vida, uno va y viene, pero siempre tiene que buscar el lado bueno de las cosas. Durante el ultimo mes, tuve que viajar por circunstancias a Pamplona, donde pasé unos días   apoyando en todo lo posible a Amaia. 
Uno de esos días, organizamos todo para que tuviera la mañana libre y pudiera ir a surfear. El tiempo acompañaba, el parte de olas acompañaba, y casi todos los secanos estaban dispuestos a compartir un baño, así que todos estábamos alineados. Cuando uno está tan lejos, echa mucho de menos poder entrar al agua con sus amigos y compartir ese rato, y por supuesto, el de ida y vuelta, poniéndose al día de todo lo que rodea el surf, y nuestras vidas.

Así que ahi estaba, a las 7 de la mañana esperando a que Axier pasara por casa. De ahí a Navarducha, donde quedamos con Javi y Josu. Como no cabíamos todos con las tablas en un mismo coche, fuimos por separado. Poco antes, Iban y Miguel ya habían salido y además Victor aparecería directamente. 
Tras poco más de una hora de entretenido camino, llegamos a Bidart, donde tuvimos que ir al parking de arriba tras comprobar que en el de abajo no había sitio. El día ya estaba soleado, y las olas tenían muy buena pinta, con lo que había muchísima gente en el agua, como era de esperar. 


Tras casi 2 horas en el agua, poco a poco fuimos saliendo. Como siempre, bananas era el ultimo en salir, pero mientras salía, nos dio tiempo a comentar lo bueno y lo malo del baño, a echar unas risas calculando en qué porcentaje estaban los brazos de Blasco, y cuáles eran nuestros próximos trips soñados y planeados. Después, la foto de rigor para inmortalizar la sesión, y vuelta a casa como siempre que vuelvo, con una sonrisa de oreja a oreja. Estas pequeñas cosas y a la vez tan grandes, hacen que la vida merezca la pena.


4 días después estaba organizando un fin de semana en Con-con a 13.000 km de Pamplona. El parte de olas era bueno, así que en vez de quedarme en casa decidí que había que ir a probar nuevos spots.
Salí el sábado temprano por la mañana, llegando a Reñaca poco después del amanecer. La bruma y el frío mañanero no invitaban a nada, y el mar estaba muy revuelto como para tener un baño decente. Me quedé una media hora observando a dos o tres surfistas que no tuvieron tantas dudas para entrar, pero lo único que hice fue corroborar que mi decisión de no entrar era la acertada. Así que puse rumbo a ConCon, donde no tardé mucho en llegar. Allí el mar estaba mucho más calmado, tan calmado que apenas levantaba medio metro la serie. No tenía más remedio que esperar. 

Por la tarde volví a hacer la misma ruta, esta vez en dirección inversa, pero con el mismo resultado. Afortunadamente me llevé conmigo el surfskate, y pude probarlo en varias rampas de pendiente no muy pronunciada. Resultado: un gran entrenamiento para el surf y muchas más ganas de surfear. La mañana siguiente subía el mar, así que no iba a dejar pasar la oportunidad.


7 de la mañana, no hay nadie en Concon, pero el mar deja adivinar alguna serie de mayor tamaño que el día anterior. Me quedo un rato observando y veo que puede haber baño, así que no me lo pienso más y al agua. Ya dentro, la espera es larga, pero cada cierto tiempo, una serie me permite acabar con la sequía del día anterior. Poco a poco me voy animando e incluso alguna ola supera mis expectativas al dejarme hacer un recorrido más largo. No hay nada como no tener mucha esperanza para acabar satisfecho.

De vuelta a casa, pasé por playa negra, una playa con muy poca arena y mucha roca, cerrada como en una pequeña bahía y con una gran roca en medio que presidía la playa. Ví algún coche parado y me detuve a verla con detalle. Había un par de corcheros cogiendo una izquierda que salía tras la roca grande. No era una izquierda muy larga, pero dejaba hacer un par de maniobras y la ola, cuando rompía, era fácil de coger y surfear. Así que me fui a descansar y aproveché para volver a la hora de comer, pensando en que sería la hora con menos gente. 


A eso de la 1 estaba allí. Me dediqué a observar la ola y ver cómo poco a poco salían los 5 o 6 que estaban en el agua, y cuando estaban todos fuera, me cambié y a dentro. Allí, compartí pico con un corchero que procuraba no dejar ninguna ola, pero como las series venían de 2 o 3 olas, no tuve problema para pasar un buen rato e ir apurando la ola poco a poco hasta ver las rocas muy cerca. Me recordaba mucho a lo que algunos de los secanos llaman "merenderos point" en un lugar perdido del Cantábrico. 

Un par de horas más tarde, y coincidiendo con la entrada de otros 3 corchemos, ví que no tenía mucho más que hacer allí y me salí. Eso sí, la salida dio con uno de mis pies en una roca dejándome un buen recuerdo en varios dedos. Eso me iba a mantener una semana parado... pero así planeaba mi siguiente mini trip: Punta de Lobos.

domingo, 4 de octubre de 2015

Reñaca y el Tsunami de Concón; ya soy instructor ISA

Llevaba ya tiempo dándole vueltas a sacarme el título de instructor de surf, y después de varios intentos, conseguí contactar con una de las 4 personas que se encargan de dar estos cursos en latinoamérica. No fue cosa de un día para otro, y al final, llegué a la misma persona a través de varios canales. Su nombre, Juan Pablo Barrientos, y es instructor por la International Surfing Asociation (ISA) de varios niveles, juez de campeonatos internacionales y un montón de cosas más de la ISA.
Le comenté cuales eran mis inquietudes y que, básicamente, no quería el título de instructor de surf para impartir lecciones en una escuela (por lo menos de momento), sino por enriquecimiento personal y por poder enseñarle a mi hija, sobrinos, etc en condiciones.
Tuve suerte porque estos cursos se imparten cada mucho tiempo, y dado lo grande que es Chile, tuve suerte de que fuera cerca de Santiago.



El curso constaba de 2 jornadas, divididas en teoría y práctica. Si bien la primera podía parecer la más aburrida, no lo fue. El mono Barrientos se encargó de hacer la instrucción del primer día muy entretenida. Fueron casi 6 horas de teoría que se pasaron volando, con multitud de ejemplos y anécdotas que amenizaron el día. Al principio era un poco escéptico sobre cómo sería el curso, pero después, supero todas mis espectativas.
Un curso bien estructurado, con buenos ejemplos tanto verbales como en vídeo que nos enseñaron tanto a mí como a los otros 2 chicos que habían venido a sacarse el título, todo un mundo de posibilidades. 





El primer día de curso fue en Reñaca, y como habíamos quedado en un principio en Concón, aproveché para ver toda esa zona por primera vez. A escasos 15 minutos de Viña del Mar (1 hora si es verano, según me comentaron) Reñaca me recordó mucho a Anglet, con una playa parecida, muy desnivelada y con un gran y bonito paseo, que sobre todo Amaia echaba mucho de menos. Desde ahí hasta Concón una bonita carretera que bordea la costa, con numerosos restaurantes y acantilados, y con casi ninguna playa.
El segundo día quedamos en Concón, en lo que hasta hace 2 semanas era la playa de Concón y que el Tsunami del 16 de septiembre se encargó de hacer desaparecer. Al llegar allí me encontré una imagen desoladora, con un gran barrizal y varias escuelas de surf y restaurantes totalmente arrollados. 
El Mono me explicó cómo había pasado todo, y cómo era antes, por lo que el trabajo que había que hacer desde ese momento era mucho. 

En cualquier caso, nos cambiamos y nos pusimos con la segunda parte del curso. La práctica sobre cómo impartir las lecciones en la playa y desde el agua fue muy entretenida y el que hubiera olas pequeñas y con mucho periodo facilitaba todo mucho más. 
Pasamos un rato entretenido que finalizamos con varias demostraciones de maniobras de surf, emplazándonos a realizar unas prácticas de varias sesiones de enseñanza. 
En definitiva, y a falta de recibir el título oficial de instructor de surf nivel 1 (apto para enseñar desde nivel iniciación hasta intermedio), ya puedo decir que soy instructor de surf.




El fin de semana siguiente el parte de olas era espectacular, con olas de 2 metros, sin viento y periodo de 15 segundos. No tardé mucho en convencerle a Amaia de que teníamos que volver a Reñaca. 
Al llegar allí, a eso de las 10 de la mañana, me encontré con demasiada gente y menos tamaño del que anunciaban. Más de 20 personas en el agua divididos en 2 picos, pero dado lo que tardaban en llegar las series, se hacía difícil conseguir una buena ola. Aun así, tras más de una hora me fui con buenas sensaciones. Cogí pocas olas pero lo más importante, me divertí. Sobre todo un rato en el que un león marino estuvo rondando el pico, asomándose y buceando alrededor... los demás no se inmutaban, pero para mí, que era la primera vez los veía de cerca, me pareció increíble.
Después de un bonito paseo y de una riquísima comida en Concón, donde pudimos ver que habían trabajado mucho en recuperar la playa, volvimos a  Reñaca. Eran alrededor de las 3 de la tarde, y sólo había 4 personas en el agua. Las series venían un poco más grandes que a la mañana y no me lo pensé mucho, más allá de vencer la pereza post comida.

El caso es que no me arrepentí para nada. Tuve una sesión buenísima, con un montón de izquierdas que abrían y sin apenas gente, con lo que estuve relajado y pasándomelo en grande durante más de hora y media. Al final los brazos me pesaban y opté por salirme, aunque con cierta pena por saber cuando volveré a tener un baño con esas condiciones y con la duda de si ese león marino estará por ahí la próxima vez. 




viernes, 11 de septiembre de 2015

Iván, mi shaper de confianza


Hace poco tiempo recibí un mensaje de Iván diciéndome que tenía novedades, y que ya hablaríamos. Como sé que era algo relacionado con el surf, no tardé en llamarle para que me contara, y tras una conversación, quedamos en hablar a la vuelta de sus vacaciones... pero empecemos por el principio.



Conocí a Iván a través de Ibán bananas, hace poco más de 2 años. Ibán me comentó que él siempre le llevaba las tablas a reparar a un amigo y que las dejaba perfectas. Anteriormente, dejaba las tablas a reparar en Zarautz o Francia, con la consiguiente molestia de volver a buscarlas, hubiera o no condiciones para un baño por allí cerca... El caso es que ese primer día estuvimos hablando un buen rato de nuestro mundo del surf y los dos teníamos la misma visión, a parte de que la reparación que hizo me sorprendió por su alto nivel de acabados. A partir de ahi, quedamos para ir a surfear siempre que podíamos, y durante nuestros viajes a la costa siempre hablábamos de proyectos que teníamos en mente sobre el surf en nuestra ciudad y cómo llevarlos a cabo. Todo esto se interrumpió hace unos meses cuando por trabajo me tuve que ir a Chile.


Iván ha seguido arreglando las tablas de todos los secanos y de más gente desde hace años, y siempre le hemos animado a que lo siguiera haciendo, dado lo bien que lo hace. Este buen trabajo con las tablas tampoco ha pasado desapercibido para Pablo y Helena de Lamoona. Pablo e Iván siempre han tenido buena relación y han intercambiado muchas opiniones acerca del shaping de las tablas y sus reparaciones. Desde que Pablo no se encargaba de las reparaciones en Lamoona, el nivel de las reparaciones en Lamoona dejaba mucho que desear, y ahora que las circunstancias son las adecuadas para ambos, Iván ha empezado a trabajar con ellos. En Lamoona dispone de unas instalaciones totalmente preparadas y no tengo dudas de que si las cosas se hacen bien, esta relación puede dar muy buenos frutos. A partir de ahora, Lamoona puede contar con un shaper de confianza.


Por mi parte yo he aprovechado para llevar mi última adquisición, un mini-long single de quilla fija de 7 pies con los cantos muy finos, que tenía un pequeño toque, y mi primer long, que llevaba años con varios toques y que por el poco uso que le daba, nunca llevaba a reparar. 

Con el paso del tiempo, uno se da cuenta de lo importante que es tener una persona de confianza a la que poder darle tus tablas, sabiendo que van a volver reparadas en perfectas condiciones. A su vez, lo bueno de tener un contacto directo con tu shaper es que conoce tu forma de surfear, lo que buscas y cómo puede modificar tu tabla para disfrutar más o dar ese pequeño paso que mejore tu surfing y si está al lado de casa mucho mejor. A partir de ahora, Lamoona es ese sitio.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

A quien madruga...

Desde mi llegada a España hace más de una semana, no he dejado de mirar los partes pensando en escaparme algún día y disfrutar de un buen baño, preferiblemente al amanecer, y con poca gente. Obviamente, el no madrugar supondría más gente, por lo que en este caso se cumple a la perfección aquello de "A quien madruga Dios le ayuda".
 


El caso es que tras un amago de temporal el lunes con unas previsiones de 4 metros que se quedaron en 2, el martes no me lo pensé 2 veces y aproveché que Iban estaba acampado por la costa, y Victor también se animó. Muy de madrugada me levanté y fui en busca de Ibán, con quien me encontré todavía de noche. Tras mirar las condiciones y ver que teníamos un regalo en forma de swell ordenado, nos cambiamos y para el agua. Victor se iba a retrasar, por lo que ya nos veríamos en el agua. También estaba Lekun, un amigo de Ibán que también hizo noche en la furgo y con el que compartimos un buen rato en el agua y después del baño. 
Ya en el agua, lo único que se puede decir es que nos dedicamos a disfrutar, tanto de las olas, como del amanecer, el paisaje, la temperatura del agua... son estos baños los que a uno le llenan de vida.
Poco después vino Victor con su "Alcayata", y a nosotros se sumaron otros 3, que no impidieron que estuviéramos muy a gusto en el pico. Ibán se salió pronto para ir a trabajar, y poco a poco los demás, tras más de hora y media en el agua. Al final, Victor se quedó solo aprovechando todo lo que venía para él. 




El jueves, también era un día favorable, y esta vez con Iker decidimos hacer la misma ruta. En un principio parecía que íbamos a estar más gente que el martes, pero tras estar con los mismos 3 del martes anterior, éstos se salieron al poco de llegar nosotros y nos quedamos Iker y yo solos. Aunque las olas no eran tan consistentes como las del martes, nos dimos un buen baño y salimos satisfechos.
El fin de semana nos vinimos a las Landas, donde tenía puestas las esperanzas de tener una semana de buenas olas. Los partes son caprichosos, y esta vez parecía que las olas no me iban a acompañar. De poco más de un metro del sábado pasábamos a medio metro y poco periodo el martes, con lo que los baños serían pocos.


El sábado en Les Bourdaines, tuve suerte de meterme justo cuando la marea estaba subiendo, y fue en ese momento cuando mejor rompían las olas. Las series de metro y con fuerza permitían coger bien la pared de la ola, y durante más de una hora estuve disfrutando. Hacía mucho que no tenía un baño tan satisfactorio en esta playa y la verdad que salí muy contento. Ya por la tarde, y viendo que el mar había bajado un poco, me fui a La Santocha con el long, y dada la cantidad de gente que había, era lo mejor que pude hacer. El verano y el longboard son una buena combinación si uno quiere coger olas, divertirse y no ver cómo otros se llevan las olas. Aun así, el baño fue corto, de una hora aproximadamente, ya que a la mañana siguiente había quedado con David al amanecer.


El domingo por la mañana fue un baño de esos en los que uno se alegra de madrugar. La primera hora en el agua fue la mejor, con 2 más en el agua y sin problemas para coger las olas. La serie venía con mucha fuerza, y pasaba el metro, así que tanto David como yo disfrutamos mucho ese rato. Después de la primera hora, empezó a bajar la marea, ponerse más seco y a llenarse de gente, con lo que aguantamos poco más de media hora hasta que nos salimos... eso sí, ya podían ser como la primera hora todos los baños del verano.





domingo, 9 de agosto de 2015

Como en casa en ningún sitio

A finales de mayo se confirmó lo que llevaba unos meses sin concretarse, que era la estancia en España durante unas semanas desde mediados de junio por temas de trabajo. Iban a ser unas semanas muy duras, trabajando en Madrid, pero me iban a permitir estar en casa durante el fin de semana, y, como no, disfrutar de la gente y lugares que tanto he echado de menos. 
Así que al poco de llegar, había organizada en casa de Javi y Patricia una Barbacoa con los secanos, y que mejor oportunidad que verlos a todos que ahí.


Pasamos un gran rato, cenamos muy a gusto e hicimos entrega a Josu de su camiseta de los secanos, que por circunstancias no tenia de la vez anterior. Fue un placer volver a compartir las historias de uno y otro lado del atlántico, de los maratones de invierno, de viajes a hawaii, a maldivas, de futuros planes y viajes, y de pasadas historias y anécdotas. 
Eran tal nuestras ganas de volver a surfear y pasear por las playas y lugares que tanto hemos echado de menos, que nos retiramos pronto a casa para poder ir a la mañana siguiente a las Landas. Allí, volvimos a disfrutar de esos pequeños placeres que te alegran la vida, de los paseos por la orilla del mar, las parrilladas de la mer, el vino blanco y el andar sin prisa... 
Por la tarde, primer baño en Capbreton. Hacía mucho tiempo que no me metía al agua, por lo que me lo tomé con calma sabiendo que mi nivel físico no era el mismo que cuando surfeaba regularmente. Aun así, en la hora larga que estuve en el agua disfruté mucho del metro rápido que se formaba, aunque acabé desgastado por la continua corriente que me sacaba del sitio.


Al domingo siguiente, madrugón de los de antaño, de esos que han hecho piña entre los secanos. Antes del amanecer, Axier, Iván y yo ya estábamos en ruta hacia Zarautz. Le pedí a Axier que me llevara su Zips, un tablón que no llega a 7 pies, con mucho rocker, y que dadas las condiciones de zarautz ese día, de medio metro, me iba a venir de lujo... y así fue. A primera hora muy pocos en el agua, como era de esperar, y cuando llegaba alguna serie daba tiempo a que nos repartiéramos las olas sin problemas. Durante las 2 horas que estuvimos en el agua, tranquilidad, risas, nostalgia... todas estas cosas se valoran mucho cuando no puedes disfrutar de ellas tan a menudo. 
Después, vuelta a casa, comentando lo bueno de aquí y de allí, y todos los viajes y cosas que queremos hacer, y que seguro que en algún momento hacemos realidad.

El fin de semana siguiente, nos fuimos a pasar varios días a Hossegor. Allí, a parte de comprobar como algún desalmado me robaba los tapacubos de la furgoneta, volví a meterme al agua al amanecer, aprovechando las buenísimas condiciones que tenía. El primer día, cuando mejor lo estaba pasando en la Piste, y ya había recuperado mucha confianza encima de la tabla, partí el tapón del invento y me tuve que salir del agua. Javi y David se suponía que iban a entrar al agua a la vez que yo, pero les pudo el sueño y entraron más tarde, justo cuando yo me salía del agua. Como la reparación iba a llevar varios días, tuve la suerte de que Raul me dijo que subía a darse un baño, y le pedí que me prestara una tabla para esos días. 
A media mañana ya estábamos todos en Oceanides, y aunque se había levantado un poco de viento y el mar ya no estaba glassy, había olas de un metro que merecieron mucho la pena. Así que Raul y yo nos metimos al agua, y aprovechamos bien la hora y media larga que estuvimos en el agua. David, que nos vio cuando salía del agua, también se volvió a meter para compartir unas olas.. hacía mucho que no surfeabamos juntos, y con el 4/3 de David y el calor que hacía era donde mejor se estaba... 
Ese baño. me sorprendió mucho la tabla que me dejó Raul, una lost de 6'4", 19 y 2 3/8 con la que me sentí muy cómodo, es más, llevaba tiempo dándole vueltas a usar una tabla un poco más fina que las que uso habitualmente para poderla mover con más facilidad, pero no me atrevía por miedo a perder flotabilidad. Con ese modelo, comprobé que podía manejarme sin problema... ahora, ya veremos a ver con qué tabla acabo...


Y un día de esa semana, de la única que estuve en Pamplona, aproveché para ir entre semana con Iker a un lugar esos que te cuesta llegar a pie un buen rato, que tienes que atravesar parajes que sólo con verlos el viaje ya habría merecido la pena, pero es que, además, disfrutamos de unas olas perfectas solos durante un rato,y con otros 2 más el resto de la mañana. Me sirvió para afirmarme en mi teoría de que la Lost me venia mejor para maniobras sin perder mucha remara y que mi próxima tabla no diferiría mucho de esas medidas. 
Y con esa tabla, con Iker y en ese lugar, volví a disfrutar, a cargar la mochila de nostalgia, del olor de la arena húmeda por la mañana, del viento offshore del amanecer, del salitre pegado en la cara y llevarme todo eso en el equipaje de vuelta para un Chile en el que me espera un mes de invierno antes de volver a casa, esta vez sí, de vacaciones.

martes, 12 de mayo de 2015

Hawaii, el sueño cumplido

Y por fin el sueño se hizo realidad. Tras unas cuantas semanas en las que sólo pude disfrutar de un par de baños en Maitencillo, llegó el tan esperado viaje a Hawaii.

Cuando era pequeño solía comprar la revista 360 en Koala, y en ella, veía fotos de tubos increíbles y paisajes maravillosos, casi todo ello en Hawaii. Creo que desde ahí tuve una fijación con esas islas, y unos cuantos años después, he podido cumplir uno de mis sueños.

Tras casi un día entero de vuelo, con 2 aviones de 10 y 8 horas de duración respectivamente, llegamos a Honolulu. La verdad es que Honolulu es la típica ciudad americana, con sus autopistas de 6 carriles, atascos, etc...nada especial, pero la zona de waikiki, que es donde nos alojábamos sí que tenía un algo especial. Se respira surf por los 4 costados, todos los bares, tiendas, puestos, tienen algo relacionado con el surf en su local.




Los 2 primeros días nos dedicamos a descansar, a pasear y disfrutar de la playa de waikiki. Aproveché para surfear en esta mítica playa, con olas increíblemente fáciles de coger y recorrido, con aguas cristalinas y cálidas... eso sí, olvídate de tener un baño tranquilo. Como spot urbano y encima de renombre mundial, está masificado a todas horas. Hay olas para todos por su multitud de picos, pero aún así es difícil disfrutar de un baño en condiciones. Me alquilé un long de 9 pies por 20 dólares 2 horas, y cuando estaba en el agua me dí cuenta que era de las tablas más pequeñas que había por allí... todo el mundo usa unos tablones enormes, y claro, la pelea resulta más complicada cunado compites contra tablas de 10 pies y SUPs... aun así, tuve tiempo de disfrutar. El paisaje y el agua caliente facilitan mucho las cosas, y unas cuantas buenas olas también ayudaron.
También aprovechamos para que Daniela tuviera su primer contacto con una tabla de surf, y no pareció disgustarle, aunque es muy pequeña todavía... desde luego, mejor comienzo que en Waikiki imposible. 





Los alrededores de wikiki son puro surf comercial. Tienes tiendas de ropa de surf cada manzana, con todas las grandes marcas presentes en cada esquina, y la posibilidad de alquilar tablas en la misma playa por 20 dólares 2 horas. Yo opté a partir del segundo día por alquilar en laguna de las calles adyacentes, mucho más baratas y con tablas de gran calidad. Estuve hablando con unos japoneses que llevaban una de ellas, y que por 20 dolares alquilabas la tabla todo el día. Me llamó la atención el quiver de tablas disponible, con decenas de Takayamas y MacTavish para alquilar en perfecto estado... incluso te daban la posibilidad de alquilar la go pro!


Una vez descansados los primeros días, nos fuimos a conocer lo que realmente más quería: El North Shore.
Tras 45 minutos en coche disfrutando del verde paisaje, llegamos a Haleiwa. Aquí todo es diferente. Todo está hecho al estilo colonial, con sus casitas bajas, manteniendo el mismo corte que hace muchos años. Entrar al pueblo es pasar por una calle principal en la que cada 50 metros hay una tienda de surf, con un montón de tablas disponibles. A cada lado de la calle, se extienden pequeñas plazas llenas de tiendas, al más puro estilo del antiguo oeste americano.



Tras parar en muchas de ellas, y comprar todo tipo de accesorios, desde marcas de cera local hasta tikis o quillas, nos dirigimos hacia la zona de las playas.
Esa es la carretera que tantas veces he visto en los videos de surf, con las rancheras aparcadas a ambos lados de la carretera, bien pegada a la costa y desde la que se pueden ver cientos de sitios en los que poder surfear.
Paramos en unas cuantos sitios, desde la bahía de Haleiwa hasta Turtle bay. Cada sitio nos regalaba una foto de postal. Paramos en Laniakea Beach, una de las playas donde las tortugas van a depositar sus huevos y tuvimos la suerte de que ahi estaba una de ellas.
Seguimos por la costa hasta llegar a Waimea Bay, uno de los lugares míticos del surf de olas grandes. Como no es época de olas grandes, no vimos la bahía en todo su esplendor, pero el lugar es paradisíaco, y verlo en pleno temporal tiene que ser impresionante.
Justo en frente del aparcamiento de Waimea Bay, está la entrada al parque natural de Waimea Valley, donde hicimos una de las excursiones más bonitas de las vacaciones para llegar hasta las casacadas de Waimea, en un entrono de vegetación increíble.



Siguiendo por la costa, una vez pasada Waimea Bay, uno se encuentra con Sunset Beach, otro de los templos del surf. Solo ver los puestos de socorro de estas playas y los carteles, uno se hace a la idea de lo que hay por ahí. Todos los días que estuvimos por ahí, siempre ví gente en el agua (poca), en picos que estaban a bastante distancia de la orilla. Sólo un día había olas cerca de la orilla, con olas entorno a un metro, y disfruté de un espectáculo de lo más entretenido. En el pico había unos 20 niños, de entre 6 y 12 años más o menos, y surfeaban increíble. Muchos de ellos con unas tablas pequeñas de las "soft", sin quillas, y haciéndose uno o varios 360° en cada ola... no me extraña que luego surfeen así con 20 años...




Si continuaba la carretera de la costa, esa recta terminaba en Turtle Bay, donde hay un complejo hotelero con un par de campos de golf, y una bahía preciosa sin apenas gente, ya que todos están en el lado del resort en que hay restaurantes y tumbonas (una playa pequeña). El caso es que el uno de los días que estuvimos ahí, estuvimos en esa playa, y había que salir bastante lejos para surfear, más allá de unos arrecifes, y no me atreví. Pero el penúltimo día, al irnos a casa, ví a un local que se iba hacia el lado contrario del resort, y me quede intrigado por dónde surfearía. Así que lo seguí hasta ver dónde iba, hasta encontrar uno de esos sitios que a uno le enamoran. Turtle bay, una bahía con apenas un metro de playa e incómoda para turistas por sus accesos, era en esos momentos un sitio donde rompía una derecha larga pegada a las rocas, y sin apenas gente. No me lo pensé 2 veces, y el último día antes de volver a casa por la noche, fuimos por la mañana a disfrutar de esa maravilla. Era una buena manera de despedirse de la isla.



Así que estuve durante un buen rato cogiendo derechas largas y disfrutando del momento, el entorno, y la calma del lugar junto con un SUP local. Después llegamos a estar hasta 4 en el pico, incluido un SUP con sus 2 perros encima de la tabla. Esos recuerdos están grabados en la memoria como se merecen.

No hubo mucho más surf durante los 10 días que estuvimos, más allá de los baños en Waikiki (todos muy parecidos) ya que unos días por las condiciones, y otros por las excursiones no se dieron las circunstancias. Condiciona el no conocer los lugares, todos con fuertes corrientes y fondos de roca, y cierto temor a meterse en sitios donde uno no es muy bien recibido (visto con algún turista), pero es un lugar del que disfrutamos muchísimo en familia.






También hubo tiempo para visitar un par de talleres de los mejores shapers del mundo. Uno de tablas convencionales, como Eric Arakawa, y otro de auténticas obras de arte, como Lon Klein y su famosa Haleiwa surfboard company.
Una pena no poder llevarme tablas del taller de Eric Arakawa, puesto que tenía varias tablas a muy buen precio, pero que se hacían imposibles con los gastos que te cobran las compañías aéreas... El taller de Haleiwa surfboard company, merece un comentario aparte.
En un principio, pensaba que era un taller de tablas normal, pero cuando llegamos, vi que era una carpintería. En ella, su  dueño comenzó haciendo tablas para surfear por afición, y ha acabado siendo un referente de la zona. Vimos como realizaba las tablas desde el principio, usando la madera de los árboles hawainanos, y montándolas pieza a pieza, como si fuera un puzzle con miles de ellas, hasta darles una forma única. Tenía expuestas varias de ellas, auténticas obras de arte, y como tales se venden a un precio que oscila entre los 7.000 dólares las de la foto, hasta más de 20.000 dólares las más grandes tipo longboard (había una de ellas a la venta, con el logo de Robert August preciosa).

En definitiva, una experiencia increíble. Disfrutar del ambiente de la isla, de sus costumbres y cultura, y trasladarse al origen de surf, a la playa y a la postal que tantas veces he visto y en las que soñaba estar. Un sueño cumplido.