lunes, 7 de diciembre de 2015

Punta de Lobos

Llevaba tiempo dándole vueltas a la opción de volver a Punta de Lobos. Ya ha pasado un año desde nuestra llegada a Chile, y fue al poco de llegar, cuando fuimos a pasar un fin de semana allí. Desde entonces, siempre he querido volver, pero por diversas circunstancias, nunca se había dado la oportunidad.
El jueves todavía tenía mis dudas, dado que el parte no me convencía mucho, sobre todo por el viento. Aprovechando que tenía que hablar con Raúl por trabajo, le pregunté por su opinión acerca del parte. Swell de 3 metros, periodo entre 9 y 13 y viento bastante fuerte del sur, sobre todo por el día... su respuesta fue muy clara: Vete!! Él ya había estado un par de veces allá y como todos los consejos que me ha dado siempre han sido buenos, no lo dudé y reservé la cabaña en la que estuvo él y la misma en la que estuve yo. 



Por otro lado, llevaba varias semanas mirando por diferentes tiendas de surf en Santiago tablas que me pudieran ir mejor para este tipo de olas, ya que las que tengo aquí no me convencían del todo. Al final, tras mucho buscar, encontré una tienda donde había un modelo que se ajustaba mucho a mis gustos, y además se tomaron el black friday en serio, me rebajaron la tabla de 290 mil pesos a 200 mil, con lo que se quedó en unos 260 euros... no me dejaron otra opción que comprarla...


Así que el viernes salí a la hora de comer hacia Punta de Lobos, donde me costó llegar algo más de 3 horas. Salir de Santiago es algo que todavía no llevo bien, acostumbrado a salir y entrar a Pamplona en 5 minutos. 
Tras descargar el equipaje, ví que las olas eran muy apetecibles, y no me lo pensé mucho para entrar. No quería perder mucho tiempo para que no anocheciera, aunque era consciente de que yo iba a entrar desde abajo, y no lo más cercano a la punta, por donde intuía que entraba más gente, aunque no lo sabía con seguridad.


Antes de entrar, tras observar el mar durante unos minutos, me di cuenta de que había bastante corriente y que el baño no iba a ser tan placentero como me gustaría, pero no estábamos ahí para escatimar esfuerzos. Salvé la zona de rompiente sin mucha dificultad con un par de patos, pero en seguida me di cuenta que la corriente me llevaba fuera de la ola, así que iba a tocar remar... 
Y así estuve durante más de media hora, poco a poco recortando metros y subiendo cada vez más cerca de la punta, pero poco a poco acusando el esfuerzo. En cuanto intentaba descansar un par de minutos, me alejaba a toda velocidad del pico. 




Tras cerca de una hora remando sin prisa y con poca pausa, decidí que ya había subido suficiente. No estaba en la misma punta, pero solo nos separaba una sección, así que sólo tenía que esperar mi momento. Lo bueno de Punta de Lobos, es que aunque haya mucha gente no vas a tener más de 3 o 4 en el mismo sitio, por lo larga que es la ola y todas las secciones que tiene. Y ese día, porque casi todo el mundo estaba remontando buscando lo mismo que encontré yo tras tanto rato y esfuerzo.
Las series venían preciosas, con mucha masa de agua y de un tamaño de metro y medio aproximadamente. La primera serie que se presentó no lo dudé y me fui a por ella. La tabla entra fácil a la ola y se adelantaba a su ritmo, por lo que pude salir a la pared y entrar a la ola un par de veces, subir y bajar constantemente y disfrutar durante una sección larguísima. Al terminar la ola, ese grito de satisfacción que se dan pocas veces tras una ola, y que te recuerdan lo genial que es surfear. El baño ya había merecido la pena. No sé cuantos metros habían sido, muchos seguro, pero al darme la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja, y ver que estaba tan lejos que no llegaría otra vez al pico, decidí quedarme en la última sección y no forzar la máquina, al fin y al cabo, el fin de semana no había hecho más que empezar. Me quedé disfrutando de la puesta de sol en la sección de abajo, donde pillé un par de olas más. Para mí, siempre es algo especial poder surfear durante la puesta de sol.


A la mañana siguiente, los primeros rayos de luz entraron por la ventana avisándome que el mar estaba dispuesto a darme otro gran regalo. Desayuné frente al mar, viendo cómo los primeros en entrar al agua seguían teniendo problemas con la corriente. El buen recuerdo del día anterior todavía estaba en mi cabeza, pero cuando cogí la tabla y me disponía a entrar de nuevo, sólo de pensar la remada que tenía hasta el pico, un sentimiento de pereza me envolvió. Justo cuando ponía los pies en el agua, salía un cámara carcaza en mano y me preguntó si iba a entrar por ahí, que había mucha corriente. Al decirle que sí, me dijo que él se salía para entrar desde más arriba y que le siguiera. A mí se me abrió una ventana de esperanza y le seguí sin pensarlo. Me enseñó una entrada que no tiene ningún peligro, que estaba 50 metros más arriba, y que si quería seguirle, él se iba a lanzar de una roca que hay cerca del peñón. Como a mí eso me sonó un poco arriesgado, preferí la entrada segura.
Así que esa mañana fue un calco del día anterior, pero ahorrándome una remada de una hora, con lo que multipliqué el numero de olas y de felicidad. Eso sí, la corriente seguía siendo infernal y al final del baño, el codo me decía basta a gritos, por lo que me tomé el resto del día para disfrutar de las vistas frente al mar, la comida y la tranquilidad del lugar. 




Una de las cosas que hice durante el sábado por la tarde fue ver por dónde entraba la gente. Había algunos de ellos que bajaban el acantilado y saltaban entre el acantilado y el peñón, para luego volver a subirse al peñón y lanzarse directamente a la sección más exterior de la ola. A mí me parecía un poco arriesgado, sobre todo porque no veía el último paso en el cual se lanzaban desde el peñón. Aun así, unos metros antes, sí que vi que varios entraban bajando el acantilado y saltando desde una roca, la misma que supongo usaba el fotógrafo que me encontré a la mañana. Esa entrada me pareció factible, y es la que decidí usar para el domingo.

El domingo el swell seguía constante, con olas tan buenas como los días anteriores y con lo que tiene este lugar tan especial, que aunque el viento sopla, el mismo acantilado lo protege y las olas se mantienen en perfecto estado. 
Me fui directo al acantilado, bajé y llegué a la roca, donde esperé a que el mar estuviera un poco calmado para saltar y encontrarme directamente en el pico de afuera. Allí, solo tuve que mantenerme unos pocos minutos contra corriente, para ver dónde era mejor colocarse y volver a esperar una de esas olas que te llevan durante unos 50 o 100 metros dándote la felicidad absoluta. 
Fueron un par de olas más, las que la corriente peleona y mi codo me permitieron coger, pero no evitaron que me fuera feliz de haber surfeado unas olas larguísimas y de haber disfrutado de ese lugar mágico llamado Punta de Lobos. Seguro que más pronto que tarde nos volvemos a encontrar. 



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