lunes, 15 de mayo de 2017

Australia, otro paraíso en la mochila


Uno de los lugares que más me llamaban la atención, ya no sólo por el surf, sino por todo lo que llevaba consigo, era Australia. Tras pensárnoslo bien durante un tiempo, decidimos que tener 2 niñas no debía de ser un obstáculo, y que el que quiere, puede. Obviamente íbamos a tener más limitaciones en cuanto a horarios e infraestructura a la hora de movernos, pero no nos iba a impedir visitar una de las cunas del surf, y por supuesto, surfear allí. 
Así que tras un largo vuelo a Sydney y una noche allí, cogimos un avión a Gold Coast, donde aterrizamos con un clima envidiable. 
Esta vez decidí llevarme la tabla desde Santiago. La Creeper se vino conmigo y llegó sana y salva, algo que hoy en día es casi cuestión de suerte.

El caso es que en Gold Coast, ya habímos quedado con Isa y Luke. Isa es una amiga de Amaia que lleva casi 10 años por allá, y está casada con Luke, australiano que lleva toda la vida surfeando. Un lujo de cara a tener conocimiento de los spots de la zona. 




El primer día estuvimos en plan familiar en Mermaid Beach, un lugar que tiene bastante parecido a Las Landas, pero con unas comodidades e infraestructuras de primerísimo nivel. Duchas cada poca distancia, zonas verdes justo al salir de la playa con sus meses y sillas "surf style" para hacer picnics, árboles para dar sombra, carriles bici interminables. Todo ello en una zona residencial en la que no hay ningún edificio superior a 3 plantas. 
Las olas no fueron ninguna maravilla, con un metro pasado y cerronas, pero sólo la toma de contacto inicial y surfear en bañador y camiseta, ya mereció la pena. 
Al día siguiente mientras íbamos a ver el zoo, paramos a ver un par de spots. Uno de ellos era Burleigh Heads, con unas derechas tuberas interminables. Dada la orografía de la zona, es muy típica esta ola, y era un calco de otros sitios que están más al sur, más conocidos, como Kirra, Superbank, etc... Yo me quedé fascinado con el lugar, así que a la mañana siguiente estaba allí al amanecer.


Mi sorpresa fue que al llegar allí, había más de 50 tíos en el agua, y el paseo alrededor de la playa estaba lleno de gente corriendo, haciendo deporte, etc... en Australia, es costumbre estar desde muy pronto por la mañana haciendo deporte, por lo que era algo habitual, aunque para mí fue una sorpresa... incluso me crucé con uno que salía del agua cuando yo entraba, y no había amanecido hace más de una hora...









En el agua fui con precaución, ya que con tanta gente y sin conocer el sitio, tenía que tomármelo con calma. La verdad que durante la primera media hora lo pasé bien, y me infle a ver tubos de cerca, pero claro... no había venido a eso. Poco a poco me fui acercando al lugar más masificado, donde estaba, se podían coger las olas con más recorrido, pero fue imposible coger una que no viniera ocupada. Como saltar la ola no era mi opción, poco a poco me fui alejando de ese sitio y situándome más abajo, donde igual podía llegar alguna ola ya sin surfista, pero con mucho menor recorrido. Tras varios intentos, cogí alguna que me subo a poco, y cuando ya había decidido salirme, me tiré a por una con tan mala suerte que al caer, me cayó la tabla en el tobillo y me hizo un daño tremendo. Por el dolor pensaba que me había roto algún hueso, porque no podía ni pisar, pero durante las siguientes horas, con hielo y tratamiento fue mejor... eso sí, durante 3 días no podía pisar bien, y me tuve que quedar sin surfear... por cierto, aprovechamos para visitar Surfers Paradise... un sitio que nada tiene que ver con el paraíso de los surfistas, y sí con el de los comercios y grandes edificios.






A los 3 días, justo el día que nos íbamos a Byron Bay,  Luke me llevó a Coolangatta, donde se encuentran Kirra o Snapper Rocks. Están todos seguidos, y la verdad que es un espectáculo ver toda la costa con las olas rompiendo con semejante perfección. Llegamos hasta Snapper, y ahí nosmetimos al agua. Ya no me sorprendía la cantidad de gente en el agua, ni el nivel de los que surfeaban, pero tanto la cantidad de gente como el nivel en el agua, eran muy muy altos. 
Así que tras la experiencia de Burleigh Heads, no me lo pensé mucho y decidí ir a por todas desde el principio, dado que no tampoco tenía mucho tiempo. Afortunadamente, las olas ayudaban mucho, siendo muy consistentes y de un metro, con secciones menos agresivas que en Burleigh Heads (también había menos mar). Tuve la suerte de coger un par de olas en su sitio exacto, y la verdad que las disfruté mucho, puesto que son largas y muy maniobrables. Surfear en estos sitios hace que uno aprenda mucho más rápido, puesto que tiene muchos más recorrido de ola, pero hay que aprender a convivir con tanta gente en el agua, puesto que puede llegar a ser estresante tanta competencia por las olas. Cada ola que remaba, tenía a cuatro o cinco a la vez intentando lo mismo, y aunque todo el mundo se respeta mucho en el agua, hay que acostumbrarse a eso.
Con ese buen sabor de boca pusimos rumbo con las familias a Byron Bay. Mucho y bueno había oído de este lugar, y al llegar sólo confirmamos nuestras expectativas. Un sitio bastante parecido a Hossegor en temporada alta, bastante más grande y con mucha vida nocturna.
Lo mejor de todo fue que al ir con Luke, no fuimos a surfear al mismo Byron, sino unos kilómetros más al sur, a Broken Head. Esto es una reserva natural con un ambiente encantador, mucho menos masificado que Byron y con una rompiente de derechas con muy buena calidad y consistencia, del estilo de Snapper al tener un saliente de tierra.





El primer día que fuimos, el mar estaba un poco tocado de viento, pero la serie entraba con un metro bien puesto, y si subíamos al pico, justo donde empezaba la serie, no teníamos problema en coger olas con facilidad. Lo mejor de todo el viaje pasó al cabo de media hora, cuando un grupo de unos 20 delfines empezó a merodear por el pico, dando vueltas, jugando entre ellos y cogiendo las olas. AL principio me quedé petrificado viendo el espectáculo, sobre todo cuando venían en olas que yo tenía la intención de remar, pero después, no hice más que disfrutar del momento e intentar ir con ellos en la misma ola. Eché mucho de menos no haber estado con la go pro ese día...
Los dos días siguientes, el mar estaba mucho más ordenado, y esto hizo que hubiera más gente. Afortunadamente había otro pico bastante bien definido que enganchaba con el anterior, y que aprovechamos muy bien al saber estar bien situados y aprovechar una gran cantidad de olas.
Durante estos tres días me divertí muchísimo, sin parar de coger derechas que me permitieron entrenar muchas maniobras que de normal no tengo la oportunidad de hacer, de aprender a darle más velocidad a la tabla, y sobre todo, de disfrutar del momento. Ahora entiendo por qué mucha gente elige quedarse por esta zona a vivir, a surfear y a disfrutar de la naturaleza.
Los días pasaron rápido, como siempre que uno lo pasa bien, y al poco poníamos rumbo a Sydney donde pasaríamos los últimos días.




En Sydney, en cuanto a surf se refiere, fuimos a visitar Bondi Beach. El día que fuimos no tuvimos suerte con las olas, debido al fuerte viento y oleaje que había, de hecho, no había nadie en el agua. Desde luego que como playa urbana es una de las mejores del mundo, si no la mejor, por su gran extensión, servicios y entorno.
En resumen, nos quedamos con ganas de ver muchas cosas de ese maravilloso país, pero todo lo que vimos mereció mucho la pena. El país tiene unas infraestructuras de primerísimo nivel, y respetan mucho el medio ambiente. El surf es parte del país, es como el running, o la gimnasia en los colegios, y está totalmente integrado en la vida diaria, facilitando todo lo relacionado con este deporte. Tenemos mucho que aprender en otras partes del mundo (en casi todas).
El surf es vida, y la vida es surf.

domingo, 8 de enero de 2017

Costa Vasca, paraíso invernal

Las mañanas de invierno y olas por la costa vasca es probablemente una de las cosas que más añoro desde que me fui a Chile. Y durante las 2 semanas que iba a estar en casa quería volver a recuperar esas sensaciones, a salir de casa con temperaturas cerca de los 0 grados y surfear sin apenas gente en el agua. Para algunos puede ser masoquista; para los que lo hemos vivido, un placer que hay que repetir.

Así que con ese espíritu quedamos a las 7 de la mañana Axier y yo, y pusimos rumbo a la costa vasca. Allí quedamos con David y Victor, vimos cómo estaba el mar y las mareas, y decidimos que no eran las mejores condiciones para surfear. El mar estaba fuerte, y en sitios como Zarautz estaba pasado, así que había que buscar otras opciones. Tras pasar por Zarautz y Getaria, acabamos cerca de Zumaia, en Orrua, donde la derecha rompía de forma espectacular, con tamaño, fuerza y recorrido. Eran ya las 10 de la mañana, y el sol colaboraba para que el baño fuera muy bueno.
David y Victor se animaron a meterse al agua, mientras que Axier y yo nos quedamos fuera. Yo no estaba con confianza para meterme en una ola así sin haber tenido un par de baños buenos antes, y ni Axier ni yo teníamos las tablas adecuadas para esa ola, es más, yo tenía la tabla pero no tenía las quillas... uno siempre tiene que ser consciente de sus limitaciones, y meterme al agua una vez en tres meses no era el mejor entrenamiento para un día así...
Desde fuera pudimos ver cómo David le sacaba chispas a la ola y disfrutó de varias de ellas, mientras Víctor se fue haciendo poco a poco a la ola hasta que al final se salió con la suya... eso sí, las rocas que emergen justo delante del pico, no creo que dejen tranquilo a nadie.

















A los pocos días, repetimos la jugada, pero esta vez Axier y yo solos, y teniendo un baño en Zarautz. Aunque la marea no era la mejor, el baño mereció la pena solo por recuperar sensaciones y remada. Todo baño suma, y aunque ese día no salimos exultantes del agua, serviría para sentar la base de lo que fue un baño grandioso.

El 2 de enero, y como preludio de lo que tiene que ser un gran año, Axier pasó a buscarme por casa. Esta vez no tan pronto como otras veces, a las 9, pero sabiendo que para cuando llegáramos a nuestro destino, la marea empezaría a estar en su punto bueno y tendríamos un buen baño. Víctor nos avisó que el día anterior estuvo muy bien, y cual era la mejor hora para meternos. Así que allí quedamos con Victor y Dani, un amigo suyo.











Desde arriba las olas rompían perfectas, y las series se marcaban con muchísima claridad. No nos lo pensamos mucho, y no tardamos en bajar el acantilado. En el agua estábamos 5 personas, nosotros 4 y un alemán que no sé cómo había llegado allí. Eso sí, a la media hora de estar en el agua con nosotros, se fue. Las series tardaban bastante en llegar, ya que ese día había periodo 14, pero una vez que llegaban, había para todos. 
Las series normales llegaban al metro, y alguna que otra lo pasaba, haciendo nuestras delicias. Victor con su long no tenía problemas en coger olas, y aprovechando que llevaba la cámara en el casco nos hizo unas cuantas fotos. 
A mí me costó al principio coger las olas, pero tras un comienzo en el que me vi muy oxidado, empecé a tener confianza y el resto de la mañana fue un no parar de disfrutar, coger olas e intentar maniobras. Axier y Dani, fueron poco pa poco, y al final se terminaron por coger unas cuantas buenas olas, dejando a todos más que satisfechos.
La verdad que el tiempo se nos pasó demasiado rápido, y las fuerzas, aunque iban disminuyendo, aguantaron perfectamente las más de 2 horas y media que estuvimos en el agua. Cuando se está a gusto, con los amigos, con buen tiempo y buenas olas, uno no necesita nada más. 

Somos unos privilegiados por poder disfrutar de este entorno, lleno de posibilidades, con muy buenas olas y un clima que aunque a muchos les parece duro, uno lo acaba echando de menos.