lunes, 6 de junio de 2016

Playa Ritoque

Era la tercera vez que visitaba la playa, pero las 2 primeras no había podido surfear. La primera por exceso de mar (y falta de forma) y la segunda por defecto. El caso es que la playa de retoque es una de las clásicas para surfear en la quinta región (Región de Valparaíso), con un entorno natural espectacular y a una hora y media de Santiago aproximadamente.
Una de las ventajas de la zona es que ya voy viendo dònde puedo acabar surfeando en función de las condiciones, ya que aquí el surf-forecast no es tan preciso como en casa, o por lo menos no le tengo tomada la medida todavía, aunque en eso estamos. 






Salimos de casa pronto, pero sin madrugar en exceso, y cuando llegamos a la playa, había un viento on shore bastante más fuerte que el marcaban las previsiones, y unas olas bastante más pequeñas de lo que marcaban las previsiones, que era 1,5 metros. Aún así, y dado que es una de las playa donde más expuesto puede estar el mar, decidí quedarme y aprovechar para bañarme por primera vez allí. 

La entrada es bastante sencilla, ya que por un lateral hay un canal que te permite entrar al pico de lado, y sin comer ninguna serie. Una vez allí, era cuestión de esperar una serie que tuviera suficiente fuerza y que viniera lo suficientemente cruzada para que tuviera salida la ola. 
Durante casi hora y media estuve en el agua, y alguna de esas series me dejaron hacer algo, aunque poco para las expectativas que tenia inicialmente. 



Disfrutar de una mañana de olas, con sol, en una playa tan natural y con Viña del Mar al fondo, está muy bien para desconectar de la vorágine de Santiago. Además, uno siempre culmina estos baños con una deliciosa comida en cualquier de los sitios que hay por la zona. 


En cualquier caso, el baño mereció la pena. No perder la remada, entrenar y practicar con la nueva tabla, con la que por cierto, estoy muy contento. Una pena que no me la pueda llevar a España para vacaciones, pero bueno, allí me espera un juguete nuevo del que hablare en la próxima entrada. 

domingo, 29 de mayo de 2016

California

Una de las mayores ilusiones que tenía de pequeño, era visitar toda la costa oeste de los Estados Unidos. Con el paso del tiempo, esa ilusión había ido creciendo motivada sobre todo por el surf, y la cultura ligada a él que había en la zona. Pues bien, el pasado mes de abril, conseguí hacer uno de mis sueños realidad.
Desde Santiago son unas 12 horas de vuelo hasta Los Angeles, contando con una escala en Lima donde no te bajas del avión. Los Angeles nos recibió con un clima estupendo, por encima de los 25 grados, y de ahí nos dirigimos al sur, hacia San Clemente, donde íbamos a tener nuestra residencia durante 2 semanas.
Los 2 primeros días, estuvimos por los alrededores de San Clemente, descansando y disfrutando de la playa. No había casi olas, medio metro a lo sumo, así que estuvimos recargando pilas.



El primer día que nos movimos de San Clemente nos fuimos a Huntington Beach, conocida como la ciudad del surf. La verdad que el entorno es espectacular. Kilómetros y kilómetros de playa con multitud de áreas para caravanas y servicios varios. La parte más central de Huntington Beach, son apenas 3 calles, con muchas tiendas de surf, y bares y restaurantes con temática surfera. Personalmente me gusta más el estilo de Hossegor, pero esto también tenía su encanto. Las tiendas eran en su mayoría multimarca, y de un tamaño gigantesco donde podías encontrar de todo, eso sí, a unos precios poco ventajosos.



Pero antes de ver las tiendas, aparcamos en uno de los enormes parkings que hay en la playa, todos eran de pago, y nos fuimos directos al mar. Las series eran de un metro, y había picos por toda playa. Justo al lado del muelle, era donde mejor rompía, pero obviamente estaba lleno de gente. Dado que llevaba  más de 3 meses sin surfear, mi opción era estar al otro lado del muelle, pero a las 10 de la mañana apanas había gente, así que alquilé una tabla con bastante volumen para retomar la confianza y disfrutar del día y no me equivoqué. Poco menos de una hora y media estuve en el agua, pero salí feliz como hacía tiempo. Por la tarde, tras ver todas las tiendas y sorprendernos de cuánta gente puede llegar a haber un lunes en un sitio de estos, volvimos a la playa, donde volví a disfrutar de una sesión divertida que hizo que recuperara toda esa motivación que tenía un poco oxidada tras un comienzo de año complicado.


Los días siguientes, y dado que el tiempo seguí siendo espectacular, decidimos aprovechar para seguir en la playa, esta vez en San Clemente, alternando entre su playa central, y la de State Park. En esta última tuve unas sesiones de mañana y tarde buenísimas, con olas que no llegaban al metro, pero con fuerza y posibilidades. Durante estos días estuve probando una firewire dominator, que todo hay que decirlo, funcionaba muy bien. Mucha remada (tenía muchos litros), pero a su vez muy manejable y fácil de mover.
Entre medio, visitas a Disneyworld, el zoo de San Diego, Seaworld... todos merecen la pena la visita.


Uno de esos días, mientras estaba disfrutando de un baño bien divertido, me pareció ver una pequeña figura emerger entre el agua, a modo de aleta de tiburón. Todos los días me bañaba con la inquietud de saber si podía haber tiburones, pero cuando ví una aleta, la sensación fue de tensión absoluta. Afortunadamente no perdí la calma y seguí mirando, y ví varias aletas a la vez entrar y salir del agua y siempre en la misma dirección, con lo que deduje que eran delfines. Por si acaso, lo comenté con uno de los que estaban conmigo en el agua, y aunque su reacción no me dejó muy tranquilo, por lo menos supe que eran delfines. Eso sí, tampoco alargué mucho más el baño... por si las moscas.


Una de las espinitas que se me han quedado clavadas durante este viaje ha sido no poder surfear en Trestles. Trestles estaba a menos de 10 minutos en coche de donde nos alojábamos, y mi idea era ir una vez hubiera recuperado la forma. Durante esos primeros días en los que estaba en San Clemente, en los que había olas de un metro con buen periodo y sin viento, había gente que me comentaba en el agua que venían de Trestles, que había más de 50 personas en el agua, y que por eso se habían venido ahí. La verdad, no me imaginaba peleando por coger una ola en un pico con más de 50 personas...

El caso es que hacia mitad de semana, una de las tardes no había gente en el agua. Las olas no eran muy buenas, pero era extraño que a las 4 de la tarde no hubiera gente en el agua, habiendo olas de menos de metro y con sol y algo de viento. Estuve durante más de hora y media en el agua, disfrutando del momento e intentando recordar cuando fue la última vez que había estado surfeando solo... algún secret spot y poco más... A la noche, cuando llegué al hotel y me conecté a las redes sociales, encontré la explicación. Os dejo el articulo de la Surfer Mag del día... ni que decir tiene el escalofrío que me recorrió el cuerpo entero en ese momento.


Al día siguiente, aprovechamos para bajar hasta San Diego, y por el camino pudimos ver la parte de Oceanside, repleta de marines y preparada para ellos pero con muy buenas playas, y la zona de Encinitas. La verdad que también me quedé con ganas de surfear aquí, porque había multitud de picos y el escenario con los acantilados era espectacular. Ese día no había olas suficientes, y solo los longboards y SUP podían rascar algo. La verdad que todas esta zona sur de California tiene unas posibilidades increíbles. 

También visitamos la famosa playa de Santa Mónica, en Los Angeles. La zona es muy turística, con una gran cantidad de comercio, unas playas kilométricas y con todos los servicios que uno pueda imaginar. Eso sí, ahí las olas no son nada del otro mundo, más bien malas, y si a eso le sumas que ese día había un viento on-shore terrible, pues poco o nada que hacer. Como lugar que visitar está bien, pero en cuanto al surf, no tiene nada reseñable. 


Una de las cosas que más he aprovechado para mirar, y ahí tengo que darle las gracias a Amaia por aguantarme por todos los sitios, han sido las tiendas de surf. San Clemente es la sede de marcas reconocidas mundialmente, como Lost, y algunos de los shapers más reconocidos tienen ahí sus talleres, como Stewart, Greg Noll, y otros... Visité todas las que pude, y me encontré con una cantidad de modelos muy variados. Especialistas en Longs, todos ellos tenían una magia especial, pero no era viable comprarme un long y llevármelo por todo el mundo de paseo.  


Así, que entre todas las tablas que había estado viendo, hubo una que me gustó mucho y encajaba con mi estilo de surf. Si bien con la dominator de Firewire había estado muy contento, al ver la Creeper de Machado hecha de madera, y las posibilidades que tenía con ella, me decidí. Antes le consulté a Iván, que en esto está muy puesto y me dio el último empujón. Eso sí, fácilmente habían pasado por mis manos en esas semanas cerca de 100 tablas. Los modelos retro son una maravilla, pero para alguien que no surfea todos los días, el hacer experimentos con la tabla sale muy caro. 


Así que el último día, una vez tenía la tabla entre mis manos, me fui al muelle de San Clemente a estrenarla. Justo ese día entraba un swell que dejaba olas de un metro pasado, y que iba creciendo los días siguientes, pero como nos íbamos, era mi última oportunidad. 
Justo al entrar al agua, me crucé con un león marino en la orilla, que estaba descansando plácidamente. Uno no acaba de acostumbrarse a toda la fauna que hay diferente a la de tu lugar de origen. El caso es que una vez en el agua, las sensaciones fueron muy buenas. La tabla es muy ligera, con mucha flotabilidad y tiene una remada espectacular. Con su 5`10``me facilita mucho la maniobrabilidad, y si a eso le sumamos que las olas eran buenas, completé una última sesión que me dejó una gran sonrisa y un recuerdo espectacular de California.



En resumen, California, en especial la zona de San Clemente y en unos 150 km a la redonda, se merece todo lo que escriben de ella (bueno) y más. Ha cumplido con mis expectativas, tiene una variedad de todo increíble y un clima estupendo. Estoy seguro que volveré.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Punta de Lobos

Llevaba tiempo dándole vueltas a la opción de volver a Punta de Lobos. Ya ha pasado un año desde nuestra llegada a Chile, y fue al poco de llegar, cuando fuimos a pasar un fin de semana allí. Desde entonces, siempre he querido volver, pero por diversas circunstancias, nunca se había dado la oportunidad.
El jueves todavía tenía mis dudas, dado que el parte no me convencía mucho, sobre todo por el viento. Aprovechando que tenía que hablar con Raúl por trabajo, le pregunté por su opinión acerca del parte. Swell de 3 metros, periodo entre 9 y 13 y viento bastante fuerte del sur, sobre todo por el día... su respuesta fue muy clara: Vete!! Él ya había estado un par de veces allá y como todos los consejos que me ha dado siempre han sido buenos, no lo dudé y reservé la cabaña en la que estuvo él y la misma en la que estuve yo. 



Por otro lado, llevaba varias semanas mirando por diferentes tiendas de surf en Santiago tablas que me pudieran ir mejor para este tipo de olas, ya que las que tengo aquí no me convencían del todo. Al final, tras mucho buscar, encontré una tienda donde había un modelo que se ajustaba mucho a mis gustos, y además se tomaron el black friday en serio, me rebajaron la tabla de 290 mil pesos a 200 mil, con lo que se quedó en unos 260 euros... no me dejaron otra opción que comprarla...


Así que el viernes salí a la hora de comer hacia Punta de Lobos, donde me costó llegar algo más de 3 horas. Salir de Santiago es algo que todavía no llevo bien, acostumbrado a salir y entrar a Pamplona en 5 minutos. 
Tras descargar el equipaje, ví que las olas eran muy apetecibles, y no me lo pensé mucho para entrar. No quería perder mucho tiempo para que no anocheciera, aunque era consciente de que yo iba a entrar desde abajo, y no lo más cercano a la punta, por donde intuía que entraba más gente, aunque no lo sabía con seguridad.


Antes de entrar, tras observar el mar durante unos minutos, me di cuenta de que había bastante corriente y que el baño no iba a ser tan placentero como me gustaría, pero no estábamos ahí para escatimar esfuerzos. Salvé la zona de rompiente sin mucha dificultad con un par de patos, pero en seguida me di cuenta que la corriente me llevaba fuera de la ola, así que iba a tocar remar... 
Y así estuve durante más de media hora, poco a poco recortando metros y subiendo cada vez más cerca de la punta, pero poco a poco acusando el esfuerzo. En cuanto intentaba descansar un par de minutos, me alejaba a toda velocidad del pico. 




Tras cerca de una hora remando sin prisa y con poca pausa, decidí que ya había subido suficiente. No estaba en la misma punta, pero solo nos separaba una sección, así que sólo tenía que esperar mi momento. Lo bueno de Punta de Lobos, es que aunque haya mucha gente no vas a tener más de 3 o 4 en el mismo sitio, por lo larga que es la ola y todas las secciones que tiene. Y ese día, porque casi todo el mundo estaba remontando buscando lo mismo que encontré yo tras tanto rato y esfuerzo.
Las series venían preciosas, con mucha masa de agua y de un tamaño de metro y medio aproximadamente. La primera serie que se presentó no lo dudé y me fui a por ella. La tabla entra fácil a la ola y se adelantaba a su ritmo, por lo que pude salir a la pared y entrar a la ola un par de veces, subir y bajar constantemente y disfrutar durante una sección larguísima. Al terminar la ola, ese grito de satisfacción que se dan pocas veces tras una ola, y que te recuerdan lo genial que es surfear. El baño ya había merecido la pena. No sé cuantos metros habían sido, muchos seguro, pero al darme la vuelta con una sonrisa de oreja a oreja, y ver que estaba tan lejos que no llegaría otra vez al pico, decidí quedarme en la última sección y no forzar la máquina, al fin y al cabo, el fin de semana no había hecho más que empezar. Me quedé disfrutando de la puesta de sol en la sección de abajo, donde pillé un par de olas más. Para mí, siempre es algo especial poder surfear durante la puesta de sol.


A la mañana siguiente, los primeros rayos de luz entraron por la ventana avisándome que el mar estaba dispuesto a darme otro gran regalo. Desayuné frente al mar, viendo cómo los primeros en entrar al agua seguían teniendo problemas con la corriente. El buen recuerdo del día anterior todavía estaba en mi cabeza, pero cuando cogí la tabla y me disponía a entrar de nuevo, sólo de pensar la remada que tenía hasta el pico, un sentimiento de pereza me envolvió. Justo cuando ponía los pies en el agua, salía un cámara carcaza en mano y me preguntó si iba a entrar por ahí, que había mucha corriente. Al decirle que sí, me dijo que él se salía para entrar desde más arriba y que le siguiera. A mí se me abrió una ventana de esperanza y le seguí sin pensarlo. Me enseñó una entrada que no tiene ningún peligro, que estaba 50 metros más arriba, y que si quería seguirle, él se iba a lanzar de una roca que hay cerca del peñón. Como a mí eso me sonó un poco arriesgado, preferí la entrada segura.
Así que esa mañana fue un calco del día anterior, pero ahorrándome una remada de una hora, con lo que multipliqué el numero de olas y de felicidad. Eso sí, la corriente seguía siendo infernal y al final del baño, el codo me decía basta a gritos, por lo que me tomé el resto del día para disfrutar de las vistas frente al mar, la comida y la tranquilidad del lugar. 




Una de las cosas que hice durante el sábado por la tarde fue ver por dónde entraba la gente. Había algunos de ellos que bajaban el acantilado y saltaban entre el acantilado y el peñón, para luego volver a subirse al peñón y lanzarse directamente a la sección más exterior de la ola. A mí me parecía un poco arriesgado, sobre todo porque no veía el último paso en el cual se lanzaban desde el peñón. Aun así, unos metros antes, sí que vi que varios entraban bajando el acantilado y saltando desde una roca, la misma que supongo usaba el fotógrafo que me encontré a la mañana. Esa entrada me pareció factible, y es la que decidí usar para el domingo.

El domingo el swell seguía constante, con olas tan buenas como los días anteriores y con lo que tiene este lugar tan especial, que aunque el viento sopla, el mismo acantilado lo protege y las olas se mantienen en perfecto estado. 
Me fui directo al acantilado, bajé y llegué a la roca, donde esperé a que el mar estuviera un poco calmado para saltar y encontrarme directamente en el pico de afuera. Allí, solo tuve que mantenerme unos pocos minutos contra corriente, para ver dónde era mejor colocarse y volver a esperar una de esas olas que te llevan durante unos 50 o 100 metros dándote la felicidad absoluta. 
Fueron un par de olas más, las que la corriente peleona y mi codo me permitieron coger, pero no evitaron que me fuera feliz de haber surfeado unas olas larguísimas y de haber disfrutado de ese lugar mágico llamado Punta de Lobos. Seguro que más pronto que tarde nos volvemos a encontrar.